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La visión ciega (a la empresa)
Destaquemos, para terminar con una anécdota, que todas estas visiones se asemejan de forma extraña, sea cual fuere el sector y la empresa y que todas tienen como objetivo conquistar. el liderazgo (en términos de volumen, calidad, rentabilidad, atracción de candidatos, etc.). Este esfuerzo tautológico hace las delicias del semiólogo, pero causa estragos en la economía, tal como lo recuerda el actual frenesí de las fusiones para alcanzar «tamaños críticos», que destruyen más valor del que crean, o la reciente implosión de la burbuja Internet. El valor de los valores Podemos suponer que nuestro líder está en su derecho, y sin dudar de sus intenciones benévolas («es para ayudarles a asimilar la cultura de la casa»), los valores profesados no resistan a un rápido examen basado en un corpus científico consistente (psicología, sociología, antropología cultural). En efecto: Los valores no son «de» la empresa, están «en» el corazón de los hombres. Si se trata de valores de empresa, hay que reconocer que emergen en el seno de cada grupo humano y no son dictados en absoluto. Tratar de transferir un valor (por ejemplo el servicio al cliente) revela, en primer lugar y sobre todo, otros valores, los que emergen de aquel o de aquella que reivindica y realiza la acción de transferir. Es ilusorio intentar cambiar los valores de los asalariados, salvo si son adolescentes o muy inmaduros. En la edad adulta, salvo experiencias extremas y traumatizantes, el individuo no cambia fácilmente de valores. Es demasiado complicado y peligroso ya que están organizados en un sistema complejo, construido con paciencia y cuyo equilibrio está amenazado por el menor cambio. La carta de valores choca finalmente con un escollo de gran importancia: el sentido que cada uno atribuye a de las palabras. Un solo ejemplo, la lealtad, que frecuentemente encontramos en el menú. ¿Qué significa ser leal a la empresa? Para algunos, es sobre todo ser leal a su jefe directo, para el otro al cliente o al accionista, o incluso a sus colegas. Para unos es obedecer las órdenes, para otros es desobedecer si la orden le parece desleal. La empresa es el lugar en el que actores con finalidades e intereses divergentes aceptan colaborar temporalmente para alcanzar juntos objetivos intermedios que, a cambio, permitan que cada uno alcance sus propios objetivos. Ser leal a uno de los actores puede conllevar automáticamente una falta de lealtad respecto a otro. En «la vida real», cada asalariado reinterpreta el valor «lealtad» según su propia jerarquía de valores y según la coherencia que muestran sus directivos entre los valores que profesan y los que siguen en la acción. Y nadie es irreprochable sobre este último punto, incluyendo a los grandes líderes. ¿Estamos condenados? No, para el que acepta la empresa como una plataforma de actores, portadores de valores en interacción, fuente de tensiones y conflictos. Quien comprende que están surgiendo valores colectivos, pero que no se dispone de ellos a priori. Quien presta atención a sustituir sus palabras sobre los valores por comportamientos concretos que «transpiran» el respeto de las personas y de los procesos, sin intentar imponer o profesar una moral. El que no se toma por un «visionario» y acepta revisar con una mirada crítica (y, en consecuencia, con otros actores) sus hipótesis y proyectos para el futuro. El que, por último, renunciará a convertir la empresa en una organización misionera, al servicio de cruzadas destructoras de valores financieros y humanos.
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